Cuando iba por el
número 13 perdí la cuenta otra vez. Hace ya 3 años que estoy en esto y la
cantidad de escalones que tiene la facultad de derecho en su entrada principal,
sigue siendo para mí un misterio. Existen incontables teorías acerca del número
exacto. Sin embargo, los distintos
grupos de pensamiento “escalonístico” se pueden dividir en dos grandes
corrientes. Están por un lado, los que
cuentan el primer peldaño, de aproximadamente mitad de altura que todos los
demás, como un escalón. Por el otro lado, están los que afirman que eso no es
un escalón propiamente dicho, sino un recurso utilizado por los obreros para
sortear una falla del terreno. Dentro de las hipótesis más locas, están los que
dicen que es una señal de mala suerte conocer el número exacto y los que
afirman, sin miedo a equivocarse, que
Dios va cambiando la cantidad de escalones a “Piacere” para que sea imposible
contarlos. Existen otros, los más sensatos, como mi mejor amigo y compañero
Juan, a quienes simplemente no les importa. Cada vez que le pregunto si sabe
cuantos escalones tiene, él, con la falta de paciencia que lo caracteriza, me
responde : -“No sé Ezequiel, infinitos”.
Era un insípido
Jueves de Mayo, y la clase de “Derecho Penal” terminaba a las 10. No sabemos si
fue el frío o que todos parecíamos más ansiosos que de costumbre, pero el
profesor nos liberó media hora antes. Crucé Figueroa Alcorta y me dispuse
atravesar Plaza Francia a toda velocidad. Tenía que tomarme el 59 a cañitas, más
precisamente Luis María Campos y República de Eslovenia. Allí alquilo un
pequeño departamento con un compañero del colegio, ya que somos de Venado
Tuerto y como muchos otros de nuestra ciudad nos vinimos a estudiar a Capital.
Mientras caminaba, saqué dos monedas de un peso de la billetera y me las puse
en la mano. Tengo un odio casi tan fuerte como irracional a ciertos hábitos
ineficientes por parte del ciudadano común. Pero existe uno en especial que exacerba
mi ira de una forma incontenible. No logro entender como pueden existir
personas que están esperando el colectivo por más de 15 min y cuando llega la
bendita unidad se suben inmutadas como si tuviesen todo el tiempo del mundo.
Una vez arriba, un recuerdo se les mete en la cabeza como por arte de magia, el
sistema de transporte en Argentina, por ahora, es oneroso. Entonces empiezan a
buscar desesperadamente en su cartera o bolso las 19 moneditas de diez centavos
entre Dios sabe cuantas pelotudeces podrán tener adentro del mismo. En ese
momento surgen de adentro mío unas ganas de decirle: -“Señora, no busque dentro
del bolso. La solución está dentro de su cabecita . Si todavía le queda un
poquito de cerebro en ese balero. La próxima vez busque las monedas
antes….Burra”-. Todo este proceso lleva
alrededor de 4 min, que en tiempos de tránsito vehicular es una eternidad. Mientras
tanto, inmediatamente atrás, nos encontramos 10 personas en 2 metros cuadrados,
atrapadas entre la humanidad de este espécimen en descomposición intentando
pagar y la puerta del colectivo que obviamente el conductor cerró apenas tuvo
la oportunidad. Perdonen el divague. Suelo irme por las ramas. Pero es por esta
razón que acostumbro a llevar las monedas en la mano. Haciendo útil, el tiempo
inútil.
Terminaba de cruzar
plaza Francia cuando divisé a mi izquierda un par de indigentes que estaban
mendigando. Inconscientemente me fui hacia la derecha sin dejar de mirarlos.
Trastabillé. En ese momento y como quien
no quiere la cosa, quedé enfrentado a un viejito andrajoso q estaba sentado en
el piso, apoyando sus espaldas sobre uno de los muros que encierran el
cementerio de la Recoleta. Su aspecto no decía mucho. Llevaba puesto un
conjunto de prendas que nada tenían que ver una con la otra y cuyo talle era
dos o tres veces más grandes que el adecuado.
El “sastre” de la humildad no se fija mucho en los talles. Al lado, una botella de Johnny Walker yacía
inmutable. Arriba de ella, una extraña moneda plateada acostada, haciendo un esfuerzo
inhumano por mantenerse en equilibrio. Un whisky caro en manos de un ciruja. No
reparé en este detalle hasta unos minutos más tarde. El hombre me miró fijamente, extendió su mano
y me dijo: -“¿Tendrías una moneda?-. Casi de memoria y sin titubear, respondí
de inmediato:-“No tengo nada maestr….”- mientras terminaba la frase, las
últimas letras murieron en el cuenco de mi boca antes de poder ser pronunciadas.
Me dí cuenta que el viejo miraba mi mano derecha. Se alcanzaban a ver
perfectamente las dos monedas de un peso. Rápidamente intenté explicarle entre gestos y
ademanes, que aquellas monedas eran para pagar el colectivo. No me dejó
terminar y me dijo lentamente:-“Ya te la devuelvo. Sólo quiero mirarla un
segundo”-. Estupefacto, con más intriga que miedo, le entregué una de mis dos
monedas. La sostuvo por unos segundos en sus manos y cerrando los ojos me
dijo:-“¿Tenés ganas de escuchar una historia?”-. Asentí con la cabeza. No sé por
que, pero entendí afortunadamente que era un momento único. Que en una fría noche de Mayo, la ciudad de
los besos mojados, nos regalaba un milagro. Cuanta razón tiene Fito cuando
canta “Cuando en el mundo ya no quede nada, en Buenos Aires la imaginación”.
En un tono no muy
fuerte pero constante, el relato se desenvolvió de la siguiente manera: “En un
pueblo perdido en la montaña vivían un padre con su esposa y sus 3 hijos. Dos
mujeres y un hombre. María, José y María José, en orden cronológico. El viejo,
al cumplir 50 años, vendió sus 3 cabras, toda su fortuna, por 30 monedas de
plata. Juntó a todos sus hijos al lado de la vieja chimenea de quebracho y les
propuso un trato. Él les daría a cada uno de ellos 10 monedas con la única
condición de que para recibirlas, debían partir inmediatamente de ese pueblo y
tratar de desarrollar sus vidas en otros lugares. El viejo había tenido una
vida tranquila, sin sobresaltos. Una vida “predecible” decía cada vez que se le
preguntaba. Sin aventuras, sin imprevistos. Sin embargo y aunque no se quejaba,
no quería lo mismo para sus hijos. Y así fue. Todos partieron. Al cabo de 15
años, la inminente muerte de su padre los volvió a juntar en el pueblo. El
viejo venía mal hace un tiempo y estaba postrado en su cama. Pero como nadie
muere en la víspera, el destino permitió este último reencuentro. Ni bien los
vio, el padre preguntó con el fino hilo de voz que su estado le permitía:-“Cómo
han estado?”.
María, la más
grande, fue la primera en responder:-“Cómo seguramente te habrás imaginado
papá, me está yendo muy bien. Practiqué innumerables veces la receta del pan
casero de mamá, con las monedas que me diste compré algunos utensilios y puse
una panadería. El negocio fue muy bien y abrí panaderías en otros pueblos.
Ahora tengo otros negocios y una gran fortuna ahorrada. Tengo un marido y dos
hijos pero no han podido venir, están un poco ocupados con esto del negocio”.
Se hizo un silencio y José entendió que era su turno:-“A mí no me ha ido tan
bien papá, también te lo debes haber imaginado. Utilicé esas monedas para
llevar una buena vida. Viví a expensas de las mujeres y el alcohol. En un
principio todo fue muy bien. Sin embargo, después de un tiempo, cada vez
necesitaba más y tenía cada vez menos. Estoy solo y no tengo nada. Una botella
de Whisky es mi única compañera en esta vida, ojo, un buen Whisky papá”. María
José estaba callada en una esquina de la habitación. El padre dijo:-“Es triste,
pero no fue difícil para mí imaginarme como les iría en la vida a ustedes dos.
Pero tengo que admitir me da mucha intriga que ha sido de tu vida hija”- Miró
fijamente a María José –“¿No tienes nada para contarme?”. Ella, se acercó unos
metros hasta quedar al lado de su padre y comenzó a hablar:-“Como tu ya sabrás
padre fui siempre una persona de muchas dudas, pero tú al obligarme a partir
del pueblo, me hiciste un gran favor. Ese primer día, empecé a caminar por el
camino principal y a las 5 horas encontré una bifurcación en el mismo. Mi
primer gran dilema. Pasé una hora sentada en el piso tratando de decidir, pero
no lograba definirme. Decidí echarlo a la suerte. Lanzaría una de las monedas
que me habías dado por los aires. Si salía cara tomaría el camino de la
izquierda, si salía seca el otro. Coloqué la moneda cuidadosamente sobre la uña
del dedo pulgar y haciendo palanca con el dedo índice, la arrojé bien alto. En
ese instante, mientras la moneda giraba sin parar, sucedió algo increíble. Un
vacío profundo se apropió de mi cuerpo. Una angustia repentina. Deseé
inexplicablemente que la moneda cayera del lado de la cara. Por alguna extraña
razón quería tomar el camino de la izquierda. Un segundo antes de que la moneda
cayera al piso, comprendí lo que estaba ocurriendo. Siempre supe lo que quería
papá. A pesar de las inseguridades de mi mente, mi corazón nunca dudó. Solo
hacía falta escucharlo un poco. Feliz, levanté la moneda sin siquiera reparar
en el lado en el que había caído. Ya no importaba, nunca había importado. Desde
entonces padre, viví una vida guiada por el corazón. Trabajé en el campo.
Renuncié. Me fui a la ciudad. Renuncié. Volví al campo. Me enamoré. Me
lastimaron. Lastimé. Pedí perdón. Me equivoqué muchas veces. Acerté otras
tantas. Y siempre y cada vez que pensaba que tenía una duda arrojaba la moneda
y escuchaba a mi corazón”-. Las lágrimas en los ojos del padre, no le
permitieron disimular su emoción. Esa misma noche murió, al calor del la
chimenea, en compañía de sus seres queridos”
Había empezado a
llover hace unos minutos, pero no había caído en cuenta hasta que terminó el
relato. –“Muchísimas gracias por la historia. Me alegraste el día”- dije tontamente.
Me reproché, unos minutos más tarde, no haber podido pronunciar palabras más
inteligentes. El hombre hizo un gesto con la cabeza, dándome a entender que
había aceptado el cumplido. Acto seguido, me devolvió la moneda que le había
prestado. Sin mirar el reloj, pero siendo consciente de que había transcurrido
mucho tiempo, me incorporé rápidamente y emprendí mi regreso. Cuando había
realizado sólo unos pasos, abrí mi mano con las dos monedas y frené en seco. No
eran las dos iguales. –“Pará un segundo. Ésta no es mi moned……”-Grité mientras
buscaba en vano la imagen de este sujeto extraño. Ya no estaba. No me
sorprendió. Me dí vuelta y seguí mi camino.
Muchas cosas se habían aclarado esa noche, pero la cantidad de escalones
que tiene la facultad de derecho en su entrada principal sigue siendo para mí
un misterio.
Muy buen escritor fede! Buen relato. Ale Aguirre
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