martes, 6 de agosto de 2013

De escalones y monedas



Cuando iba por el número 13 perdí la cuenta otra vez. Hace ya 3 años que estoy en esto y la cantidad de escalones que tiene la facultad de derecho en su entrada principal, sigue siendo para mí un misterio. Existen incontables teorías acerca del número exacto.  Sin embargo, los distintos grupos de pensamiento “escalonístico” se pueden dividir en dos grandes corrientes.  Están por un lado, los que cuentan el primer peldaño, de aproximadamente mitad de altura que todos los demás, como un escalón. Por el otro lado, están los que afirman que eso no es un escalón propiamente dicho, sino un recurso utilizado por los obreros para sortear una falla del terreno. Dentro de las hipótesis más locas, están los que dicen que es una señal de mala suerte conocer el número exacto y los que afirman, sin miedo a equivocarse,  que Dios va cambiando la cantidad de escalones a “Piacere” para que sea imposible contarlos. Existen otros, los más sensatos, como mi mejor amigo y compañero Juan, a quienes simplemente no les importa. Cada vez que le pregunto si sabe cuantos escalones tiene, él, con la falta de paciencia que lo caracteriza, me responde : -“No sé Ezequiel, infinitos”.

Era un insípido Jueves de Mayo, y la clase de “Derecho Penal” terminaba a las 10. No sabemos si fue el frío o que todos parecíamos más ansiosos que de costumbre, pero el profesor nos liberó media hora antes. Crucé Figueroa Alcorta y me dispuse atravesar Plaza Francia a toda velocidad. Tenía que tomarme el 59 a cañitas, más precisamente Luis María Campos y República de Eslovenia. Allí alquilo un pequeño departamento con un compañero del colegio, ya que somos de Venado Tuerto y como muchos otros de nuestra ciudad nos vinimos a estudiar a Capital. Mientras caminaba, saqué dos monedas de un peso de la billetera y me las puse en la mano. Tengo un odio casi tan fuerte como irracional a ciertos hábitos ineficientes por parte del ciudadano común. Pero existe uno en especial que exacerba mi ira de una forma incontenible. No logro entender como pueden existir personas que están esperando el colectivo por más de 15 min y cuando llega la bendita unidad se suben inmutadas como si tuviesen todo el tiempo del mundo. Una vez arriba, un recuerdo se les mete en la cabeza como por arte de magia, el sistema de transporte en Argentina, por ahora, es oneroso. Entonces empiezan a buscar desesperadamente en su cartera o bolso las 19 moneditas de diez centavos entre Dios sabe cuantas pelotudeces podrán tener adentro del mismo. En ese momento surgen de adentro mío unas ganas de decirle: -“Señora, no busque dentro del bolso. La solución está dentro de su cabecita . Si todavía le queda un poquito de cerebro en ese balero. La próxima vez busque las monedas antes….Burra”-.  Todo este proceso lleva alrededor de 4 min, que en tiempos de tránsito vehicular es una eternidad. Mientras tanto, inmediatamente atrás, nos encontramos 10 personas en 2 metros cuadrados, atrapadas entre la humanidad de este espécimen en descomposición intentando pagar y la puerta del colectivo que obviamente el conductor cerró apenas tuvo la oportunidad. Perdonen el divague. Suelo irme por las ramas. Pero es por esta razón que acostumbro a llevar las monedas en la mano. Haciendo útil, el tiempo inútil.

Terminaba de cruzar plaza Francia cuando divisé a mi izquierda un par de indigentes que estaban mendigando. Inconscientemente me fui hacia la derecha sin dejar de mirarlos. Trastabillé.  En ese momento y como quien no quiere la cosa, quedé enfrentado a un viejito andrajoso q estaba sentado en el piso, apoyando sus espaldas sobre uno de los muros que encierran el cementerio de la Recoleta. Su aspecto no decía mucho. Llevaba puesto un conjunto de prendas que nada tenían que ver una con la otra y cuyo talle era dos o tres veces más grandes que el adecuado.  El “sastre” de la humildad no se fija mucho en los talles.  Al lado, una botella de Johnny Walker yacía inmutable. Arriba de ella, una extraña moneda plateada acostada, haciendo un esfuerzo inhumano por mantenerse en equilibrio. Un whisky caro en manos de un ciruja. No reparé en este detalle hasta unos minutos más tarde.  El hombre me miró fijamente, extendió su mano y me dijo: -“¿Tendrías una moneda?-. Casi de memoria y sin titubear, respondí de inmediato:-“No tengo nada maestr….”- mientras terminaba la frase, las últimas letras murieron en el cuenco de mi boca antes de poder ser pronunciadas. Me dí cuenta que el viejo miraba mi mano derecha. Se alcanzaban a ver perfectamente las dos monedas de un peso.  Rápidamente intenté explicarle entre gestos y ademanes, que aquellas monedas eran para pagar el colectivo. No me dejó terminar y me dijo lentamente:-“Ya te la devuelvo. Sólo quiero mirarla un segundo”-. Estupefacto, con más intriga que miedo, le entregué una de mis dos monedas. La sostuvo por unos segundos en sus manos y cerrando los ojos me dijo:-“¿Tenés ganas de escuchar una historia?”-. Asentí con la cabeza. No sé por que, pero entendí afortunadamente que era un momento único.  Que en una fría noche de Mayo, la ciudad de los besos mojados, nos regalaba un milagro. Cuanta razón tiene Fito cuando canta “Cuando en el mundo ya no quede nada, en Buenos Aires la imaginación”.

En un tono no muy fuerte pero constante, el relato se desenvolvió de la siguiente manera: “En un pueblo perdido en la montaña vivían un padre con su esposa y sus 3 hijos. Dos mujeres y un hombre. María, José y María José, en orden cronológico. El viejo, al cumplir 50 años, vendió sus 3 cabras, toda su fortuna, por 30 monedas de plata. Juntó a todos sus hijos al lado de la vieja chimenea de quebracho y les propuso un trato. Él les daría a cada uno de ellos 10 monedas con la única condición de que para recibirlas, debían partir inmediatamente de ese pueblo y tratar de desarrollar sus vidas en otros lugares. El viejo había tenido una vida tranquila, sin sobresaltos. Una vida “predecible” decía cada vez que se le preguntaba. Sin aventuras, sin imprevistos. Sin embargo y aunque no se quejaba, no quería lo mismo para sus hijos. Y así fue. Todos partieron. Al cabo de 15 años, la inminente muerte de su padre los volvió a juntar en el pueblo. El viejo venía mal hace un tiempo y estaba postrado en su cama. Pero como nadie muere en la víspera, el destino permitió este último reencuentro. Ni bien los vio, el padre preguntó con el fino hilo de voz que su estado le permitía:-“Cómo han estado?”.
María, la más grande, fue la primera en responder:-“Cómo seguramente te habrás imaginado papá, me está yendo muy bien. Practiqué innumerables veces la receta del pan casero de mamá, con las monedas que me diste compré algunos utensilios y puse una panadería. El negocio fue muy bien y abrí panaderías en otros pueblos. Ahora tengo otros negocios y una gran fortuna ahorrada. Tengo un marido y dos hijos pero no han podido venir, están un poco ocupados con esto del negocio”. Se hizo un silencio y José entendió que era su turno:-“A mí no me ha ido tan bien papá, también te lo debes haber imaginado. Utilicé esas monedas para llevar una buena vida. Viví a expensas de las mujeres y el alcohol. En un principio todo fue muy bien. Sin embargo, después de un tiempo, cada vez necesitaba más y tenía cada vez menos. Estoy solo y no tengo nada. Una botella de Whisky es mi única compañera en esta vida, ojo, un buen Whisky papá”. María José estaba callada en una esquina de la habitación. El padre dijo:-“Es triste, pero no fue difícil para mí imaginarme como les iría en la vida a ustedes dos. Pero tengo que admitir me da mucha intriga que ha sido de tu vida hija”- Miró fijamente a María José –“¿No tienes nada para contarme?”. Ella, se acercó unos metros hasta quedar al lado de su padre y comenzó a hablar:-“Como tu ya sabrás padre fui siempre una persona de muchas dudas, pero tú al obligarme a partir del pueblo, me hiciste un gran favor. Ese primer día, empecé a caminar por el camino principal y a las 5 horas encontré una bifurcación en el mismo. Mi primer gran dilema. Pasé una hora sentada en el piso tratando de decidir, pero no lograba definirme. Decidí echarlo a la suerte. Lanzaría una de las monedas que me habías dado por los aires. Si salía cara tomaría el camino de la izquierda, si salía seca el otro. Coloqué la moneda cuidadosamente sobre la uña del dedo pulgar y haciendo palanca con el dedo índice, la arrojé bien alto. En ese instante, mientras la moneda giraba sin parar, sucedió algo increíble. Un vacío profundo se apropió de mi cuerpo. Una angustia repentina. Deseé inexplicablemente que la moneda cayera del lado de la cara. Por alguna extraña razón quería tomar el camino de la izquierda. Un segundo antes de que la moneda cayera al piso, comprendí lo que estaba ocurriendo. Siempre supe lo que quería papá. A pesar de las inseguridades de mi mente, mi corazón nunca dudó. Solo hacía falta escucharlo un poco. Feliz, levanté la moneda sin siquiera reparar en el lado en el que había caído. Ya no importaba, nunca había importado. Desde entonces padre, viví una vida guiada por el corazón. Trabajé en el campo. Renuncié. Me fui a la ciudad. Renuncié. Volví al campo. Me enamoré. Me lastimaron. Lastimé. Pedí perdón. Me equivoqué muchas veces. Acerté otras tantas. Y siempre y cada vez que pensaba que tenía una duda arrojaba la moneda y escuchaba a mi corazón”-. Las lágrimas en los ojos del padre, no le permitieron disimular su emoción. Esa misma noche murió, al calor del la chimenea, en compañía de sus seres queridos”

Había empezado a llover hace unos minutos, pero no había caído en cuenta hasta que terminó el relato. –“Muchísimas gracias por la historia. Me alegraste el día”- dije tontamente. Me reproché, unos minutos más tarde, no haber podido pronunciar palabras más inteligentes. El hombre hizo un gesto con la cabeza, dándome a entender que había aceptado el cumplido. Acto seguido, me devolvió la moneda que le había prestado. Sin mirar el reloj, pero siendo consciente de que había transcurrido mucho tiempo, me incorporé rápidamente y emprendí mi regreso. Cuando había realizado sólo unos pasos, abrí mi mano con las dos monedas y frené en seco. No eran las dos iguales. –“Pará un segundo. Ésta no es mi moned……”-Grité mientras buscaba en vano la imagen de este sujeto extraño. Ya no estaba. No me sorprendió. Me dí vuelta y seguí mi camino.  Muchas cosas se habían aclarado esa noche, pero la cantidad de escalones que tiene la facultad de derecho en su entrada principal sigue siendo para mí un misterio.

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