martes, 23 de abril de 2019

Keep Walking

Soy José, pero mi nombre no es relevante en este momento. Lo serían si estuviese llenando un formulario o enviando tarjetas de navidad. No es el caso. Soy psiquiatra y sí es relevante en este momento. Estoy por llevar a cabo un experimento y es en gran parte la influencia de mi profesión lo que me inspira a realizarlo. Es la cuarta vez que escribo y borro. Esperando esa frase perfecta con la que pueda iniciar estas líneas. Luego de un segundo me doy cuenta que ese es el error. Pero no me detengo a pensarlo, decidí, por lo menos mientras escriba esto, no hacer las dos cosas que siempre hago: Esperar a que las cosas sean perfectas y detenerme a pensar. Las palabras salen solas. Estoy tratando de escribir más rápido de lo que mi mente es capaz de pensar. No la escucho la bloqueo, se siente un poco de inseguridad, pero no tanto. De hecho si estoy pudiendo escribir en un idioma en el que me sean capaces de entenderme, alguna parte de mi cabeza está pensando. Pero no es a esa parte a la que le queremos ganar. Estoy jugando la carrera contra la “otra” parte. Esa que siempre frena, que analiza, que repiensa las cosas. De hecho en estos momentos mientras la nombro trató de frenarme. Por un segundo paré. Pero mis dedos siguen, como si solos hubiesen entendido la consigna. Un yo tratando de escribir y el otro tratando de frenarlo. Puede ser que si no lo permito a la parte analítica pensar no vayan a salir cosas brillantes de estas líneas. No es el objetivo. Una película, “Descubriendo a Forrester”, me enseñó que para escribir es importante, escribir primero con el corazón y después corregir con la cabeza. Acá intento probar dos cosas: Si bajo una mirada estrictamente estética es verdad que escribir de esta forma puede mejorar la calidad de mis obras  y si soy capaz de vivir, un poco, aunque sea bajo la forma de palabras fuera de la seguridad de la mente que piensa. Tengo que confesar que en esta última parte se coló “la parte” que no queríamos. Voy a amuentar la intensidad. Trato de nublar la mente. Que los dedos escriban solos, que el sonido de ellos impactando las teclas de la computadora, motiven las escrituras que le suceden. Intento dejar la mente en blanco, es fácil cuando se está en un avión y lo único que se tiene para ver son nubes. Estoy alto, vulnerable, pienso un segundo sobre la posibilidad de caer. Dejo de pensarlo. No me hace bien y no le doy tiempo a este otro para que se aferre a la idea. Hay que llevarlo de un lado a otro, si nos quedamos mucho tiempo en lo mismo, es capaz de aferrarse y terminar con el experimento. Pero tampoco hay que esforzarse mucho. Es una paradoja, pero mientras más me esfuerzo en esquivarlo más rápido se da cuenta hacia donde vamos. Hay que llevarlo al terreno al que más miedo le da. Uno mismo. Mi nombre es José y él lo sabe. Lo que no sabe es que ha ayudado mucho y ha hecho mucho daño. Mucho. Mucho de las dos. Pero acá estamos yo, el que escribe, y él el que queremos esconder por un momento conviviendo en una misma persona. Su intromisión es inminente. Inevitable. Por que llegamos a la misma conclusión, el yo que escribe y al que queremos esconder están pensando lo mismo. No pueden separarse más por que se quieren, se necesitan y son indispensables el uno para el otro. Porque fue gracias a los dos que estamos acá. El que queremos esconder ayuda con las decisiones y el otro empuja para adelante. Cuando no sabemos que hacer le preguntamos al que queremos esconder y si aún así no sabemos que hacer el otro empuja para adelante. Nos lleva al límite. Empujan a mis dedos a escribir ininterrumpidamente a pesar de que el otro se haya entrometido. El que escribe empuja con fuerza, con una fuerza desmesurada. Corre aunque le tiemblen las piernas. Se queja, se queja mucho. Llora, putea, patalea. Pareciese que no se la banca. Se queja de todo, cuestiona todo y vuelve a llorar. Sin embargo, aguanta todo y sigue adelante. Nunca se resigna, por que sabe que puede perder muchas batallas pero si se resigna perderá para siempre. Y va a doler. Va a doler mucho más de lo que ya duele. Pero es ahí cuando pierde el miedo. Es ahí cuando pasa caminado. Con mucha fuerza. Asusta lo fuerte que pisa Pisa fuerte de verdad. Es entonces ahí cuando se lleva puesto a todos por delante y no es fácil para él. Porque que tiene cargar con él (el que escribe) y con el otro, al que queremos esconder. Llegan exhaustos hasta el final. Por que lo importante siempre fue eso. Llegar. Entonces el que queremos esconder agarra el timón otra vez y con más tiempo y menos urgencias se encarga de reflexionar, de cuestionar y de volver a poner problemas donde no los hay. El que escribe se retira a descansar. Se ríe mientras mira al “intruso” hacer todo lo que le gusta. Lo deja solo por un momento, pero no se aleja. Lo sigue de cerca. En cualquier momento el que queremos esconder se quedará sin respuestas y el que escribe deberá empujarlos de nuevo a los dos. “El que escribe” ya no es más el que escribe. “El que queríamos esconder” es el que está escribiendo. Extrañamente no se desespera. Por primera vez no es egoísta y no quiere arrebatarle su momento al “que escribía”. Por eso se despide de forma austera. Sin grandes frases, sin un gran repertorio. Dándole un merecido y tantas veces postergado agradecimiento al que “escribía”. Darles las gracias por haberse cargado así mismo y al que ahora escribe.

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