domingo, 17 de noviembre de 2013

Centinela del Alma


Los hay de todo tipo.  Están aquellos que deseamos, aquellos que no deseamos para nada e incluso aquellos que ni siquiera llegamos a entender. Existen algunos que parecen sacados de un cuento de fantasía y otros que nos hacen temblar las piernas incluso mucho tiempo después de haberse terminado. Los sueños al igual que las personas, comparten una característica singular: cuando creemos entender todo sobre ellos, nos damos cuenta de que lo que realmente sabemos es insignificante. Es más, he llegado a pensar que existen mayores certezas alrededor de los sueños que alrededor de las personas.
Se han publicado innumerables estudios científicos acerca de los procesos mentales que desencadenan el sueño y las distintas funciones que cumple el mismo dentro del sistema nervioso central de nuestro organismo. Sin embargo, y a pesar de haberle dedicado hasta aquí 10 vastos renglones, no es la explicación científica del sueño lo que me motiva a escribir estas líneas. Son los mitos y leyendas, las creencia populares en torno a ellos lo que me aparta por un momento de mis tareas habituales para contar esta historia. Se conocen muchas versiones sobre lo que los sueños son o sobre el significado que tienen. Algunos creen que existen los sueños premonitorios, es decir, que uno es capaz de predecir el futuro a través de los mismos. Otros creen que uno sueña cosas que le pasaron en otra vida o incluso que uno tiene un alma gemela en otra galaxia o en otra parte del mundo a la que le pasan las cosas que uno sueña. El "Gran Maestro” Julio Cortázar ha profundizado esta última versión en una de sus obra (“Lejana”), aunque en ese caso no eran sueños propiamente dichos si no pensamientos esporádicos.
A pesar de esto, ninguna de ellas me parece muy original (son todas muy intuitivas) y a medida que pasa el tiempo, me resultan menos veraces y totalmente refutables. Sin embargo, hace poco escuché una que me llamó particularmente la atención. Pero no por ser menos pretenciosa que sus predecesoras. Su simpleza e inventiva hicieron que prestara especial atención en ella. En algunos pueblos del norte del país existe una leyenda muy particular. Ésta sostiene, que uno puede estar realmente en equilibrio cuando su vida en vigilia y su vida en sueño están en equilibrio. Uno es dueño en menor o mayor medida, de su vida despierto. Sin embargo, es muy poco lo que uno puede hacer en su vida dormido. "Sueñero" es lo que escuché. "Sueñero" fue lo que me dijeron. Un Sueñero es un elegido, un guardián,  un enviado cuya principal tarea en la tierra es cuidarnos durante nuestros sueños. No se trata de seres extraordinarios, con súper poderes o capacidades fuera de lo común. Se trata de personas comunes. Caminan entre nosotros sin que notemos su presencia, rien, lloran, se lastiman y mueren. Son exactamente igual a cualquiera de los mortales. Sin embargo, cuando cae la noche, se “disfrazan” de Sueñeros para proteger a sus soñadores. Es casi imposible reconocer a tu Sueñero durante el día, aunque algunos afortunados, muy pocos, lo han logrado. Estos últimos, algunas veces, crean un vínculo muy fuerte con sus soñadores y dejan abierta la puerta de los sueños para poder cuidarlos también en vida. Una vez abierta esa puerta, es imposible volver a cerrarla.

Llegaba tarde, pero no tanto..bah bastante, pero no mucho. No tenía mucha hambre, o sí; en realidad ni siquiera se había puesto a pensar en ello. Eran las 12 de la noche y su cuerpo había asumido desde hacia más de media hora, mientras todavía viajaba con gran parte del parietal derecho apoyado en la ventana del 128, que cabría la posibilidad de no comer. Sí, los augurios del destino le habían otorgado la suerte (aunque podamos discutir mucho tiempo sobre el concepto y el alcance de la palabra es indudable que los hechos fortuitos “beneficiosos” existen) de viajar del lado de la ventana. Puede ser que esta ubicación haya sido últimamente objeto de subestimaciones inmerecidas (a mi parecer), pero sólo el que es “habitué” del colectivo, ese que tiene varios kilómetros de “bondi” en su haber, únicamente aquél que a través de su vasta experiencia sería algo así como un “sommelier” en cuestiones de transporte público, es capaz de reconocer la diferencia entre la insoportable mediocridad de un asiento del pasillo y la invaluable comodidad de uno del lado de la ventana. Felicidad que puede ser menoscabada o por lo menos atenuada, si en lugar de una ventana propiamente dicha le tocasen esos rectángulos de vidrio rígidamente adheridos al marco, como si estuviesen soldados al chasis. Si esto llegara a suceder, sepa usted que no existe fuerza humana ni sobre natural capaz de “cerrar” o “abrir” por completo el espacio que esa “falsa ventana” crea con el marco. Ha estado en esa posición por años y seguirá estando así por mucho tiempo más. No se deje engañar por la manija, que intenta venderle una idea de movilidad que no existe. La manija está ahí simplemente para hacerlo quedar como un idiota frente a todos los pasajeros mientras lo miran haciendo fuerza inútilmente contra la estupidez humana de inventar una ventana que no cierra ni abre. Y como si esto fuera poco, usted puede agrandar el combo de la incompetencia humana si al lado de la “ventana” en cuestión encuentra un martillo rojo con una leyenda que reza “En caso de accidente rompa el vidrio con el martillo”.
Era una noche lluviosa y fresca, una extrañez teniendo en cuenta que era verano y uno de los más calurosos de los últimos años. Mientras dormitaba en el colectivo, gozando de su exclusiva ubicación , se había mojado un poco la cabeza con la humedad de la ventana, aunque sólo se dio cuenta de eso al llegar a su casa mientras se recostaba unos segundos en su cama.  Intentó no pensar mucho en el hambre, pero casi sin darse cuenta, se encontró preparándose un sándwich de jamón crudo y queso, y supuso que con eso bastaría.
 Lucila. Un nombre original, sin ser demasiado pretencioso. Un punto medio entre cauteloso y arriesgado. Algo así como: “No quiero que mi hija se llame María, pero tampoco le vamos a poner Eusebia”. Un nombre que te dice “Acá estoy, pero no me mires tanto que me pongo sonrojo”.
Porque se sentía verdaderamente sucia o porque tenía ganas de relajarse, o simplemente porque había sido una víctima del cliché que significa bañarse cuando uno llega a su casa de noche, se fue a pegar una ducha .
Había estado estudiando duramente, y esto no iba a cambiar mucho en los próximos días, debido a que en una semana tenía que rendir un final importante. Disculpen, el adverbio “duramente” resulta excesivo. No había estudiado tan duramente a fin de cuentas, es más, había estudiado justo la cantidad de horas necesaria para situarse en esa zona gris, ese límite indeterminado que diferencia el “haber estudiado” del “haber perdido el tiempo”. Sin embargo, había algo de verdad en todo esto: “Nada iba cambiar mucho en los próximos días”.
Al acostarse, su cerebro sucumbió ante un sueño profundo. Éste, particularmente extraño, sucedía de forma letárgica, cansina. Soñaba que estaba en su cuarto, en su cama, tratando de dormir, pero por alguna extraña razón, un ronquido grave y persistente no la dejaba.
Un momento, no era un sueño, había en realidad un ronquido grave y persistente que no la dejaba dormir. Se acercó al alfeizar de la ventana y en menos tiempo del que tardó en descubrir que el ronquido era verdadero, logró descubrir su origen.
El guardián de la cuadra, aquél ente que reside de forma temporaria en esos pequeños habitáculos verdes característicos de algunos barrios al norte de la capital, comúnmente denominados “garitas”, era el culpable de aquel aberrante sonido. Ese metro cuadrado, símbolo de la seguridad privada post-crisis. En este caso, símbolo de la “inseguridad” privada post-crisis.
Como se podía ser tan impertinente. Cómo alguien podía tener la desfachatez de faltar a su tarea y ni siquiera tomarse el reparo de esconderlo. Con los pies apoyados sobre un banquito, el garitero “apolillaba” como quién dice, para no perder el tiempo.
Muy enojada, Lucila agarró su pijama y se fue a dormir al sillón del Living donde las perturbaciones sonoras no la alcanzaban.
Se levantó temprano, con mucho calor y contracturada. Hubiera sido un milagro que sucediera de otra forma, los sillones no están hechos para dormir. Todavía. El día que eso ocurra estaremos frente a un nuevo paradigma, pero esa es otra historia.
Se dirigió a la cocina para prepararse el desayuno y al cabo de unos minutos apareció su Papá. No tenía otra cosa en la cabeza que el resonar de los ronquidos y mucha indignación acumulada.
 Por el rojo semblante de su padre, descubrió que los ronquidos no habían llegado a atravesar el largo pasillo de parquet de roble que separaba su cuarto del de sus padres. Ella intentó explicar medio dormida la situación a su Papá mientras este sorbía un rico café acompañado como siempre con dos tostadas integrales y queso crema. Fue tan poca la atención que prestó el padre en el asunto, que Lucila se quejó por la falta de seriedad con la que se trataban los problemas importante en esa casa.
Se repitió exactamente la misma secuencia que el día anterior. Colectivo. Estudiar. Perder el tiempo. Estudiar. Comer. Perder el tiempo. Estudiar. Colectivo nuevamente. No fue necesariamente en ese orden y no se realizaron todas las tareas con la misma intensidad. Si quisiésemos ser más justos, sobrarían algunos “Estudiares” y faltan definitivamente algunos “Tiempos perdidos”. Al descender del colectivo, a una cuadra de su casa, se fijó una misión. Todavía conservaba intactas las “heridas” provocadas por el perturbador de sueño de la noche anterior. Quería verle la cara aunque sea. Quería conocer el rostro de quien se atrevía a interrumpir el sueño de otra persona, refugiado en el anonimato de su guarida. Ya al emprender la caminata hasta su casa, decidió cruzar un poco más adelante de lo que lo hacía siempre y un poco en diagonal. Ese retraso en el cruce y su trayectoria no perpendicular, le permitirían pasar al lado de la ventana de la garita. Con un poco de suerte sería capaz de verle los ojos, si que este espécimen no hubiese perdido ya todo tipo de vergüenza y se habría puesto a dormir a las 8 de la noche. La caminata que emprendió desde la parada del 128 hasta su casa fue totalmente comparable a la caminata que realiza un experimentado pateador de penales cuando va a ejecutar la pena máxima. Permítame ahondar en esta analogía futbolística. Le está prohibido al ejecutante “amagar” antes de patear un penal. Como el término “amagar” es muy subjetivo lo que dificulta su imputabilidad, se determinó la prohibición de una forma más aplicable: “El jugador no puede detenerse COMPLETAMENTE una vez iniciada su carrera para impactar el balón”. La presencia de la palabra “completamente” es totalmente deliberada y permite entonces a los jugadores, aminorar su marcha siempre y cuando la velocidad de su carrera, en ningún momento de la misma, sea nula. Exactamente esto fue lo que Lucila hizo, comenzó a caminar con cierta velocidad y justo cuando se acercaba a la garita, disminuyó su paso y clavó su mirada en la ventana. Unos simpáticos ojos negros se la devolvieron, al mismo tiempo que una mano la saludaba. Sin devolver el saludo, agachó la cabeza, y se metió de lleno en su casa.

Alrededor de las 10 de la noche, después de cenar, se fue a su cuarto a intentar recuperar el tiempo perdido. Se recostó sobre la cama con las manos en la nuca, en esa posición “magnánima” en la que creemos que los problemas son más claros y las soluciones más obvias. Casi sin quererlo, terminó pensando en él. ¿No hubiese sido mejor decirle las cosas en la cara: “Señor no se duerma, está trabajando”?. No, hubiese sido un poco violento. O no. A fin de cuentas el que estaba en falta era él. Lucila no tenía por que sentirse avergonzada de decírselo. Si estaba cansado, debería haber dormido en su casa. ¿Y si en realidad tuviese dos trabajos para poder mantener a su familia?. Pero eso lejos de ser un aliciente, sería un agravante, por que seguramente su falta de sueño debía estar afectando su desempeño en los dos trabajos. Mmmm…pero si era por su familia era respetable, todavía inaceptable, pero respetable.

Uno a uno estos pensamientos se fueron metiendo dentro de su cabeza destruyendo y rearmando estructuras  en su cerebro. Le divertía jugar a eso. Sin cambiar de posición fue cerrando los ojos. Aparecieron otra vez. De repente y sin preguntar. Como lo hacen las visitas inesperadas. Los ronquidos, más graves y profundos que la noche anterior, resonaron en toda la habitación. Fueron llenando poco a poco cada uno de los espacios vacíos de la habitación. Debajo de la cama, debajo de los muebles, en los cajones, dentro del placard. Parecía como si fuese la misma casa la que estuviese respirando de esa forma tan dificultosa y bulliciosa. ¿Cuantas anomalías respiratorias juntas tiene que tener alguien para roncar de esa forma?. Período de inhalación (Supuestamente el más silencioso de los dos): 3 segundos. Fácilmente reconocible por ese silbido insoportable que aumenta su amplitud a medida que avanza. Período de exhalación (El ronquido propiamente dicho): 2 segundos. Sólo dos segundos son necesarios para que esta bestia abominable expulse de su garganta ese sonido aterrador que arrasa con todo lo que encuentra a su paso. Y lo peor de todo, lo que más asusta, es que este personaje pareciera estar dormido.  Si esto lo hace dormido, no quiero ni imaginar lo que este espécimen es capaz de hacer en estado de vigilia.

Lucila se levantó exasperada, aturdida, resignada. Mientras buscaba unas colchas para llevar al sillón de abajo, dando por perdida nuevamente la batalla, se le ocurrió una idea. Agarró unas piedritas que cubrían el “piso” de una pecera que ya le quedaba grande al único pececito que deambulaba por esas aguas y se dirigió directo a la ventana. Abriendo únicamente una de las hojas de la misma, inspeccionó su capacidad de “tiro” y se acomodó para iniciar hostilidades. Uno a uno los “proyectiles” fueron cayendo sobre el techo de la garita. Luego de la tercera o cuarta piedrita, los ronquidos cesaron por un momento. Sabía que no era el fin, iba a ser una noche larga. Como era de esperarse, al cesar el bombardeo, los ronquidos volvieron. Sucedieron tres o cuatro transiciones de ronquidos no ronquidos, piedritas no piedritas. De repente, cesaron y no volvieron. Se escucharon unos ruidos y el guardia amagó a salir de la garita, abriendo la puerta y dejando todo su brazo derecho al descubierto. Desde allí inspeccionó el suelo y vió las piedritas. Miró para arriba en vano, Lucila estaba ya tirada en su cama, con la ventana cerrada.

No sabía si había sido el haber tomado tanta gaseosa el día anterior, el haber estudiado todo el día o el venir durmiendo mal hace un tiempo, pero hacía mucho que no tenía tantas pesadillas en una misma noche.  Se levantó angustiada, mareada, con imágenes muy pesadas en la cabeza. Por un momento se le ocurrió relacionar su “mal sueño” al episodio bélico al que había asistido la noche anterior. Bueno está bien, no sólo había asistido y no había sido un episodio bélico. Ella había aprovechado su posición estratégica para iniciar hostilidades, provocando un flujo unilateral de proyectiles hacia un blanco vulnerable e indefenso. Pero todo había sido por una buena causa. Como en casi todas las guerras.
Los días fueron pasando y la situación agravándose aún más. Las pesadillas eran cada vez peores. Mucho más intensas, mucho más reales, interminables. Desde la noche de las “piedritas” no se habían vuelto a escuchar los ronquidos, pero eso ya no importaba. Las pesadillas habían pasado a un primer plano. Deambulaba los días con mucho cansancio por no poder conciliar el sueño durante las noches y llegaba a su casa temblando de miedo. Sabía que al acostarse se dormiría y sería víctima de otro “mal sueño”.

Luego de cuatro noches prácticamente iguales, decidió hablarlo con sus padres. Lucila estaba empezando a preocuparse. Además, en menos de 4 días tenía que rendir ese final tan importante y no lograba concentrarse durante el día producto de las pesadillas. Interceptó a sus padres en el desayunó y les contó lo que le había estado sucediendo estos días. Para su sorpresa, ellos no estaban sorprendidos. De hecho, le confesaron que ellos habían estado teniendo pesadillas también. Que habían hablado con los Conrado, vecinos y amigos, y que la familia entera estaba padeciendo la misma situación. Siguieron transcurriendo los días y para el fin de semana toda la cuadra sufría de pesadillas. Ese Domingo se juntaron los vecinos en la casa de los Carmona para tratar de resolver el problema que los aquejaba. Sin pensarlo mucho pero apelando una visión probabilístca de las cosas, asumieron rápidamente que por alguna extraña razón se trataba de un problema “colectivo”. De esta forma, asumían también, aunque más no fuese inconscientemente, que la solución al problema colectivo, sería una solución para todos. Si no se prestase demasiada atención se podría cometer el error de “etiquetar” a los vecinos de este barrio de extremistas y exagerados. Entre el 90% y 95% de las personas son idiotas y gran parte del 5% restante no está dispuesto a realizar un esfuerzo para cambiarlos y prefiere en cambio vivir a expensas de ellos. Estos porcentajes se mantienen constantes sea cual sea la clase social, ámbito laboral o franja etaria. Se puede afirmar entonces, que la distribución de idiotas, es prácticamente homogénea. Entonces, con esta fuerte hipótesis (elevado porcentaje de idiotas) y con la conclusión de un problema de pesadillas colectivos a la que se arribó, es casi una tentación pensar que los tontos otras vez hicieron pesar su superioridad numérica. Lamentablemente, esta vez, los tontos parecieran no estar equivocados y la conclusión de un problema global con efectos individuales es la más factible de las dos. Si bien es verdad, que algo así como una “pandemia” colectiva de pesadillas o una “plaga” del mal sueño que afecte a toda una cuadra, son eventos con una bajísima probabilidad de ocurrencia, el pensar en distintos trastornos individuales para cada uno de los vecinos sería más improbable aún. No quedaban dudas de que las pesadillas estaban afectando a todos por alguna razón y de resolverse el problema para uno se lo resolvería para toda la cuadra.

Lucila ni siquiera fue a la reunión. Llegó tarde de estudiar y se metió en su casa. Durante todo el día había estado haciendo un esfuerzo para no hacer “esa” relación. Ya casi no le importaba el hecho de que al otro día debía rendir esta maldita materia. No quería que “esa” semilla se metiera en su cabeza por que sabía que una vez que hubiese tomado la fuerza necesaria sería imposible pararla. No podía haber una conexión. No podía haber un vínculo. Sin embargo, todo había comenzado ese día. Transcurrían las 10 de la noche y sus padres todavía no habían vuelto de lo de los Carmona. Decidió prepararse algo para comer, un sándwich de jamón crudo y queso. Como una especie de señal, era lo mismo que se había preparado la noche en que habían comenzado los ronquidos. Salió a comerlo a la galería de su casa, mientras tomaba un poco de aire. Desde allí se podía ver perfectamente la garita. A pesar de que ésta permanecía cerrada y con vidrios oscuros, estaba segura de que él también la miraba. Ella sabía. Él sabía que ella sabía. Ella sabía que él sabía que ella sabía. Sin muchas esperanzas pero confiando plenamente en lo que hacía, caminó sin dudar hacia la garita. Se paró a unos 30 centímetros de la puerta y dijo en un tono bajo pero constante: -“Yo sé que usted sabe que es lo que está pasando. Usted sabe que yo sé. Pero yo sé que usted sabe que yo sé”-. Una voz intentó interrumpirla pero ella no lo permitió y prosiguió –“No me cuente nada. No quiero saberlo. Sólo haga lo que tenga que hacer para que esto termine, por favor”-.
Fue hasta su cuarto y cayó rendida sobre su cama. Agotada, agobiada. La media luna sonriente y brillante la miraba dormir a través de la ventana. Empezó a soñar el mismo sueño que todas las noches. Era una campo verde. Los pastos le llegaban hasta la rodilla y le hacían picar la pierna. Por alguna extraña razón empezaba a correr. Corría sin parar y se agitaba. Dejaba atrás los pastos verdes y entraba ahora en un páramo. Mucho más seco. Sin vida, sin esperanza. Se sentía angustiada, mucha tristeza. Una pequeña casa de madera custodiaba el terreno. Tenía mucho miedo ahí afuera, pero ni se le ocurría entrar. Temía que lo que podía encontrar adentro fuese mucho peor. Los sueños, como la vida, siguen cierta lógica inercial. Mientras uno siga haciendo lo mismo, es muy probable que los resultados que obtenga sigan siendo los mismos. Pero muchas veces el cambio no es tan fácil. La mayoría de las veces uno no está dispuesto a cambiar tan fácilmente y deja pasar el tiempo mientras se regocija en su zona de confort. Otras veces, está dispuesto a cambiar pero no es capaz de darse cuenta exactamente de lo que debe cambiar. Es decir, cree que esta cambiando pero sigue dando vueltas sobre lo mismo. Otros, están dispuesto a cambiar, saben como y lo hacen. Sin embargo, la ansiedad los mata, los resultados nuevos no llegan, los resultados viejos se diluyen un poco. Pierden lo viejo y lo nuevo tarda en llegar. No tienen paciencia y terminan decidiendo volver a lo viejo, pero esta vez más convencidos de que nunca deberían haber cambiado. Por esta razón, muchas veces, la vida nos empuja al cambio. Hace del cambio la única alternativa para seguir. Una fuerte tormenta se desató en el sueño. Al principio sólo molestaba. Luego empezó a sentir mucho frío y se veían rayos cayendo en las inmediaciones. Decidió entrar a la cabaña. Nunca había estado en un lugar parecido, pero creía conocerlo. Sacó una vela del segundo cajón de la cocina y la prendió con una de las brasas de la chimenea. Se asustó. La chimenea estaba prendida. Había alguien más adentro de la cabaña. Busco a tientas, y con la ayuda de la escasa luminosidad que había, un sillón azul donde estaba segura que debía estar. Se sentó. El fuego de la chimenea empezó a avivarse gracias a la correntada de viento que entraba por la parte superior de la misma. Se dio cuenta que en frente a ella, a unos escasos 4 metros, había una persona sentada en un sillón exactamente igual al de ella. Supuso que era una persona, sólo veía la silueta. Tampoco se veía el sillón, pero ella sabía que había otro en la casa y debía estar ubicado en esa posición. Estuvo a punto de hablar, pero se contuvo. Conocía esos ojos negros de algún otro lado. Eso no le importaba. Estaba tranquila, serena. Se dejó disfrutar esos minutos de paz que hace mucho que no ocurrían.
Alrededor de las 8 de la mañana se despertó. Faltaban dos horas para el examen y debía apurarse. No pensó en ello. Estaba feliz de que las pesadillas habían terminado al menos por una noche, aunque tuve el presentimiento de que se habían ido para siempre.
Sueñero es lo que escuché. Sueñero fue lo que me dijeron. Un Sueñero es un elegido, un guardián,  un enviado cuya principal tarea en la tierra es cuidarnos durante nuestros sueños. Pero hay alguien que lo puede explicar mucho mejor que yo:

" Sueñero, Jinete sin descanso,
Sueñero, como un papel en blanco,
Sueñero, centinela de mi alma,
Sueñero, duérmete y dame calma"